A lo largo de la historia los artistas han elegido los temas sobre los que trabajar condicionados por la necesidad de vender sus obras. Es decir, que la mayoría de artistas creaban obras destinadas al mercado. Un mercado, que existía en un determinado tiempo y lugar, y que definía sobre qué temas se debía trabajar y cómo se tenía que hacer.
Aún así, muchos artistas desarrollaron una obra íntima inspirada por sus deseos que se abría paso ignorando al mercado y, casi siempre, siendo ignorada o rechazada por el mismo mercado. Pero las obras se crearon. Buenos ejemplos son los álbumes privados de Goya, las pinturas de burdeles de Degas, o los 422 dibujos eróticos explícitos de Duncan Grant que durante décadas se creyeron destruidos y habían pasado de mano en mano en secreto hasta su aparición en el año 2020.

Duncan Grant. Sin título.
Hoy, y reconozco que el contexto sociocultural del lugar en el que vivo lo pone más fácil, los artistas no necesitamos ocultar lo que realmente deseamos crear. Podemos hacerlo, pero eso sí, asumiendo que quizás al mercado no le guste. Es decisión de cada artista.
Yo he tomado la mía.
Sin duda, sí. Un artista que aspire a vivir de su arte se va a ver condicionado por sus necesidades económicas. Si crea obras que el mercado no compra, no podrá vivir de su arte. Y si crea obras enfocadas al mercado, condiciona su inspiración a los deseos y gustos de otros.
Un artista que, por el motivo que sea, pueda crear con total libertad, al margen de que el mercado acepte o no sus obras, es un artista cuyas obras nacen de la libertad absoluta porque su inspiración es tan libre como el propio artista.
El deseo en el arte es la fuerza emocional y erótica que impulsa a un artista a crear una obra y que también puede implicar a la persona representada, y a quien contempla la obra.
Porque el deseo no siempre pertenece sólo al artista, sino también pertenece a los protagonistas de la obra y, por supuesto, a quien la adquiere.
El deseo del artista por otra persona le inspira, por ejemplo, a pintarla. El deseo de esa persona a ser retratada en un momento erótico crea un diálogo con el pintor único que es la energía de la obra. Y el espectador que la adquiere lo hace porque, aparte de las consideraciones formales, la obra también despierta su deseo.
Porque el deseo erótico forma parte de la experiencia humana para explorar el cuerpo, el placer, la belleza, la intimidad y la libertad.
El deseo erótico es de forma innata un poderoso desencadenante de fantasías en casi todos los seres humanos. Y para los artistas, nuestro arte es el vehículo que utilizamos para canalizar todo aquello que nos inspira y convertirlo en una obra de arte. Muchos no utilizan el arte para expresar sus deseos, pero otros sí lo hacemos.
Es esto, nuestra condición humana, lo que lleva siglos impulsando a los artistas a crear obras con contenido erótico.
Mirar hacia los propios deseos o hacia los deseos de otros para crear una obra de arte es un acto íntimo que cambia la forma de ver y entenderse a uno mismo y a los demás.
Es un acto enriquecedor, apasionante y estimulante. El artista se carga de su propia energía y de la de la persona representada que adquiere la condición de cocreadora. Una energía que impulsa el acto creador y se ve reflejada en la obra.

Retrato de Sarah | 40×60 cm
Cuando una obra creada desde la suma de deseos sale a la luz pública siempre encuentra espectadores que ven reflejadas sus propias fantasías. Es por lo tanto un arte que cambia a quien lo crea, a quien está representado, y a quien lo mira.
Es la eterna pregunta, especialmente en el mundo del arte.
¿Quién decide dónde está el límite entre erotismo y pornografía? Pero quizás la pregunta no deba ser esa, sino ¿lo pornográfico, entendiendo pornográfico como la representación de sexo explicito, puede ser arte? ¿O el tema, superados ciertos límites (culturales), se impone sobre la ejecución y anula a ésta?
Creo que la respuesta es personal. Deseo, erotismo, desnudez y pornografía son conceptos condicionados por las vivencias, entorno, cultura y convicciones de cada persona.

Leina autocomplaciéndose | 40×60 cm
En mi obra, como reflejo de mis convicciones, mezclo todos estos conceptos para crear pinturas que reivindiquen el derecho de cada persona disfrutar libremente de sus deseos eróticos, de la desnudez propia y ajena y, por supuesto, de la representación del sexo explicito.
Creo que es innecesario hacer una lista de ejemplos de obras artísticas que en su momento fueron declaradas inmorales y que hoy se exhiben orgullosas en museos y galerías de arte. Lo que demuestra que los límites entre lo que es socialmente aceptable evolucionan constantemente.
Supongo que habría que preguntárselo a cada artista, pero extrapolando mis propios deseos, imagino que lo que buscamos es satisfacer esos deseos canalizándolos a través de nuestro modo de expresión que es el arte.
Y este es el punto clave. ¿Por qué tenemos que sentirnos avergonzados de nuestros deseos? ¿Quién se cree con derecho a decirnos qué podemos y qué no debemos desear? ¿Dirigentes religiosos o políticos?
No lo acepto. Y no sólo no lo acepto, sino que me sublevo contra el hecho que de alguien se crea con la suficiente autoridad moral como para inmiscuirse en mis deseos y en cómo los convierto en arte.
Afirmo mi derecho a desear. Afirmo el deseo de mis modelos a desear. Y afirmo, rotundamente, que no sentimos ninguna vergüenza de lo que hacemos, sino todo lo contrario: el orgullo de vivir nuestra vida como nos da la gana. De disfrutar la vida.

Selfie de Lufa | 60×80 cm
En nuestro entorno sociocultural –España, siglo XXI– que sin duda es muy similar al del resto de países europeos de origen cristiano, la incomodidad viene heredada de una tradicional demonización del sexo. Los poderes religiosos y, últimamente los políticos, se empeñan en dictar unas normas de comportamiento que si no cumples te dejan fuera. Te “cancelan”, como se dice ahora. Y lo hacen utilizando además un lenguaje lleno de desprecio cargado por su supuesta autoridad moral.
Cuando el deseo aparece como una afirmación soberana del propio cuerpo y del propio placer se desatan las alarmas porque ese deseo es un grito de libertad. Y, aunque siempre tienen la palabra libertad en la boca, lo cierto eso que ésta aterra a los dirigentes. Un deseo no domesticado es una grieta en su autoridad que puede hacer que ésta se desmorone.
Lo que incomoda no es el sexo: incomoda la libertad con la que algunas personas, y especialmente si son mujeres, deciden vivirlo y mostrarlo. Incomoda que no haya vergüenza. Incomoda que no haya petición de permiso. Incomoda que el cuerpo no se presente como culpa ni como mercancía, sino como territorio de imaginación, empoderamiento y libertad.
Por lo tanto el deseo es perseguido no sólo por las autoridades religiosas o políticas, sino hoy también por algoritmos diseñados por esas personas que tanto miedo tienen a la libertad de los demás.
Por eso defender el deseo como fuerza creadora sigue siendo incómodo: porque significa negar a otros el derecho a dictar qué puede desearse, qué puede mostrarse, y qué puede convertirse en arte.
Para un artista las fuentes de inspiración son infinitas. Hay artistas inspirados por la naturaleza, por su compromiso social, por la belleza de cualquier escena, por la vida cotidiana o por fantasías futuristas. Todas estas fuentes inspiran obras de arte que acaban desarrollando lo que llamamos géneros artísticos en cualquier medio de expresión: costumbrismo, ciencia ficción, naturalezas muertas, retratos, histórico…
Bien, pues mi género es el deseo erótico que siento por las mujeres a las que pinto. Un deseo que nace de mi admiración personal por ellas. De mi respeto. Un deseo que se combina con su propio deseo de ser miradas y admiradas. Un deseo que reivindican con valentía y orgullo.
Mi obra nace de esa suma de deseos.
Y si como decía Freud y me recordaba hace poco mi Musa Paula, la vida es la tensión constante entre Eros (la pulsión de vida, el amor y la creación) y Thanatos (la pulsión de muerte, el descanso y la destrucción).
Yo elijo Eros.
El deseo ha sido una fuente de inspiración artística a lo largo de la historia porque forma parte de la experiencia humana. En mi caso, ese deseo es el motor de mi pintura y una afirmación de libertad.